|
Autor: León Villán E.
Socio N° 849
NOTA: este artículo fue seleccionado del boletín oficial de ACHAYA de octubre de 1987.
El número de julio de 1957 de la revista soviética "Radio" traía un llamado del Instituto de Ingeniería de Radio y Electrónica a los radioaficionados, para que comunicasen de los preparativos, y equipos que dispondrían, para captar y grabar las señales procedentes de los satélites lanzados por la Unión Soviética. Solicitaba el envío de las grabaciones, así como de los datos de la estación receptora.
Tanto Rusia como los Estados Unidos, se preparaban a lanzar satélites en apoyo al esfuerzo mundial representado por el Año Geofísico Internacional, iniciado el 1 de julio del mismo año.
En el curso de las conferencias preparatorias del Año Geofísico los delegados soviéticos detallaron, tanto como se los permitía su cauteloso estilo, los experimentos a realizar y las zonas de lanzamiento. Mientras U.S.A. elegía las frecuencias altas (108 Mhz) para evitar los problemas de propagación, La URSS justificaba las bajas (20 y 40 Mhz) para medir dichos fenómenos; ambos países preparaban equipos de observadores tales como el Moonwatch, y estaciones de rastreo como la cadena Minitrack.
No obstante, existía una gran diferencia en el tipo de cohete que orbitaría al futuro satélite.
Mientras los norteamericanos, para no revelar sus secretos y evitar rivalidades en el seno de sus fuerzas armadas, optaron por diseñar y construir un nuevo cohete para un proyecto civil como fue el Vanguard, los soviéticos adoptaron uno de sus proyectiles balísticos intercontinentales recientemente probados con éxito. No debemos olvidar que la URSS, para contrarrestar la amenaza de las bases militares ultramarinas norteamericanas, desarrolló poderosos proyectiles de modo de amenazar al corazón de la potencia rival.
La historia repetida: Alemania tuvo en la cohetería una vía de escape a las degradantes restricciones de Versalles; la URSS vio en el mismo arte la defensa a la amenaza planteada por el cerco norteamericano.
Si a esta potencial ventaja técnica agregamos las barreras del idioma, la flamígera y burbujeante máquina propagandística que infló desmesuradamente al proyecto Vanguard en contraste con el enfermizo sigilo soviético, y el tradicional menosprecio por la capacidad de otras naciones, podemos aquilatar cuán doloroso fue el despertar del pueblo norteamericano al enfrentar la hazaña soviética, representada por una refulgente estrella que, inexorablemente se alcanzaba por el horizonte de su país para cruzar su firmamento, recordándole que aparte de la ciencia estaba la otra cara de la naturaleza humana: ellos eran capaces de poner sus bombas en la tan querida patria.
Un atardecer del 4 de octubre de 1957 en el salón de baile de la embajada soviética en Washington: el entrechocar de copas llenas de vodka y las conversaciones resuenan bajo los lujosos artesonados: Los soviéticos hacen gala de hospitalidad con los delegados que se reúnen para coordinar los planes encaminados al lanzamiento de cohetes y satélites artificiales.
Entre los periodistas invitados está Walter Sullivan quien es llamado amablemente al teléfono por un sirviente. El jefe de redacción de la oficina en Washington del New York Times le comunica haber oído a Radio Moscú anunciar que la Unión Soviética ha puesto en órbita, a 900 km de altura, al primer satélite artificial de la Tierra. Sullivan comunica tamaño "balde de agua fría" a Lloyd V. Berkner, miembro norteamericano de la comisión internacional encargada de dirigir los trabajos del Año Geofísico.
"Berkner" tiene la satisfacción de hacer el anuncio público a los soviéticos en su misma embajada.
¡Reventó la burbuja" y, no obstante, a este bofetón dado en público se agregaría el calvario de los meses siguientes cuando, al lanzamiento del Sputnik II con Laika, siguió el ridículo espectáculo del Vanguard desplomándose en su lecho de llamas, mientras el satélite, la esperanza de Estados Unidos, transmitía impertérrito desde las arenas del Cabo. Terribles momentos para un pueblo. Amargos, si recordamos que un 23 de septiembre de 1949 Truman le informaba que la URSS contaba con la bomba atómica, que un 8 de agosto de 1953 Malenkov anunciaba que "Estados Unidos ya no tenía el monopolio de la construcción de la bomba de hidrógeno".
Ahora Eisenhower se dirige al país pidiendo calma, afirmando que el programa norteamericano no está diseñado como una carrera, que la hazaña soviética es política, no militar, y que personalmente no está preocupado "ni una pizca..."
A la búsqueda de chivos expiatorios que siguió, se insiste en la necia táctica de restar méritos a la hazaña soviética con el trillado expediente de invocar la ayuda de expertos alemanes.
Nace una era, unos marcando rumbos, los otros concretándolos. Después de todo, por encima de las rivalidades nacionales, va quedando un rico sedimento de progreso que beneficia a la especie. |