Recuerdos del Pasado Octubre 2011 PDF Imprimir E-mail
 rocket-fire-browseUN HITO EN LA HISTORIA DEL JPL

León Villán E. (Socio 849)

La historia del Jet Propulsión Laboratory (JPL) se inicia en el Laboratorio Guggenheim de Aeronáutica del Instituto Tecnológico de California (Guggenheim Aeronautical Laboratory of the California Institute of Technology (GALCIT)) bajo la dirección de Teodor von Kármán allá por la ya remota década del 30.

 

Su nombre aparece por primera vez, como tal y formalmente, en un informe de noviembre de 1943 acerca del potencial de los misiles de largo alcance, preparado para el Materiel Command of the Army Air Forces; al año siguiente el grupo que trabajaba en GALCIT, y sus instalaciones, integrados como un centro de investigación de misiles guiados, toma el nombre de Jet Propulsión Laboratory, claro que siempre bajo la jurisdicción del Ejercito. Será el 3 de diciembre de 1958 que el JPL pase a manos de la recién creada NASA, con el Tecnológico de California en el rol de contratista.

 

Para el JPL se considera como el evento fundacional, la operación de un motor experimental de combustible líquido el 31 de octubre de 1936.

En la ocasión Franck J. Malina, para cuya tesis se precisa del experimento, John W. Parsons y Edward J. Forman, aficionados a la cohetería y asignados por von Kármán a colaborar con Malina, más A. O. Smith, William Bollay, Carlos Wood y William Rockefeller estudiantes graduados en aeronáutica, forman el grupo que esa mañana se dirige con la parafernalia requerida desde el Caltech, por un camino del Departamento de Aguas de Pasadena, California, hasta un aislado sitio a unos 400 m del camino en Arroyo Seco, un cañón ubicado a los pies de las montañas de San Gabriel en el límite noroeste de Pasadena. Allí instalan, tras muros protectores de sacos de arena, el motor cohete de duraluminio de mas de un metro de longitud, rodeado de una camisa de agua para refrigerar la cámara de combustión. Su tobera apunta al cielo para que desarrolle su empuje en contra del sensor encargado de medirlo; a ello se agrega un complejo amasijo de válvulas, medidores de flujo, reguladores de presión, botellas de combustible y oxidante presurizados.

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Se encendió la mecha que llegaba a la cámara y... nada. Luego de una ansiosa espera para asegurarse que no había peligro en acercarse a poner otra mecha, ... nada por segunda ... ni por tercera vez, y.. por fin en el cuarto intento la llama entro en la cámara, se abrieron los reguladores del oxigeno gaseoso y del alcohol metílico, y una larga y delgada llama de unos 30 cm se elevo desde la brillante tobera niquelada, solo para morir al romperse la manguera del oxígeno que empezó a retorcerse azotando el suelo y volando por el aire como alocada serpiente. Nuestros intrépidos pioneros pusieron pie en polvorosa para regresar cuando el oxigeno se agoto, sin causar mayores estropicios. Concluyeron que, si bien breve... no mas de tres segundos, el experimento había sido un éxito: el motor había partido, el empuje leído por el instrumento estaba dentro de lo presupuestado, y, aparte de la manguera destruida, nada del equipo estaba dañado.

Un mes más tarde mas que se cuadruplica el tiempo de operación y, para enero del año siguiente estaban logrando entre 5 y 8 libras de empuje por hasta 44 segundos, llegando a poner incandescente la tobera del motor.

La propulsión por cohetes y, más importante aún, la ciencia de la cohetería había llegado a Pasadena.

No siendo preciso, por ampliamente conocido, cantar loas por lo que el JPL ha significado en la exploración planetaria y espacial en general, es que a modo de curiosidad mencionaremos lo que se ha dado en llamar la tradición de comer “maní de la buena suerte” durante eventos críticos tales como inserciones orbitales o aterrizajes. Según se cuenta, después de la serie de fallas que plagaban el programa Ranger durante la década de los 60, el primer impacto exitoso de una de tales sondas en la Luna ocurrió mientras un miembro del equipo comía maní. El equipo consideró, en broma, que ello había sido la razón del éxito, quedando desde entonces la tradición de hacerlo a modo de invocación a la buena suerte.

“No creo en las brujas Garay, pero que las hay... las hay”